Un nuevo comienzo


Sábado, 11 agosto, 2007 a las 3:19

Bueno, pues hay otro lugar donde ahora dejo fotografías e historias. He dejado un mensaje unos días aquí para aquellos que me teníais sindicado, que pudierais actualizaros al nuevo…

que por otro lado es más personal, y por tanto, no quiero que todo el mundo acceda (aunque suene un poco brutal). Si crees que deberías tener el nuevo enlace, deja un comentario aquí o mándame (mejor) un mail, y ya veremos…

Saludos a todos,
Sansara.

Adiós


Domingo, 13 mayo, 2007 a las 22:54

Hasta aquí hemos llegado.

Se acabó “todas esas cosas”.

Y he descubierto que no tengo ninguna explicación,
por mucho que lleve un par de semanas buscándola,
que daros.

No me apetece más.

No aquí.

No así.

O no ahora, por lo menos.

Hasta nuevo aviso, esto está cerrado por derribo.

Santorini


Sábado, 14 abril, 2007 a las 0:12

Santorini

Soñaba mucho. Tanto, que la mayoría de las noches le dejaban absolutamente exhausto e incapaz de mover un sólo músculo hasta ya avanzada la mañana. Casi nunca recordaba nada más allá de los primeros parpadeos, del borroso instante en que sus pies aún no se habían dejado caer sobre la realidad de un hospital que transformaba su vasto universo en los 80 cm de ancho de su cama.

No sabía ni quién era, ni cuánto llevaba su cuerpo postrado en una horizontal en la que el horizonte, el imposible, quedaba justo donde terminaba su piel para comenzar las sábanas. Vivía dividido entre dos mundos desde hacía tanto tiempo que había llegado a medirlo por la lentitud con que sus días se acortaban a medida que las estaciones pasaban. Por el ruido de la calefacción a media tarde o la ausencia total de brisa de las largas jornadas de sol de sus veranos.

Sólo había un momento, alguna vez, en que su estática vigilia lo reconfortaba. A veces, sentada al borde de la cama con una presencia inmóvil, como de flor, una enfermera con el nombre de Isabel le susurraba cerca del oído las historias con las que soñaba.

- Cuéntame un cuento esta noche, Isabel- Decía. - Cuéntame una historia para que me olvide de esta cárcel, de este imperio de la soledad y de esta cama.

Ella sonreía desde el mar azul turquesa que apresaba sus pupilas, y le contestaba.

- ¿Una historia sobre qué?
- Una historia de un amor imposible y un volcán, de un río de lava…

Y tomando prestadas un puñado de palabras, aquella Isabel paciente y delicada, le contaba.

- “Mi madre me contó una vez que hay una flor que crece al pie de un volcán, junto a un lago de agua templada….”

Transformaban aquella habitación en un universo libre de ataduras, alejándose arropados solamente por aquella voz como el cristal hasta casi el amanecer en que les sorprendían el cansancio, la medicación, o el sueño. Más de una vez les descubría el sol adormilados hacia el infinito con la mano entrelazada.

Hasta que un día, algún tiempo después, Isabel dijo que se marchaba. Se casaba, le contó, se cambiaría de ciudad y ya no volverían a ser suyas (de los dos) aquellas historias en las que el mundo era infinito contadas desde la almohada.

Nunca decía exactamente cuándo. “Pronto”, “unas semanas”. No importaba. Hasta que una vez, sentada más frágil y menos calmada, le dijo:

- Será mañana
- Vaya….

Y tras un largo silencio, aquel Javier postrado inmóvil en la cama, le contestó.

- Háblame hoy del amor, y de nosotros. Háblame del océano incansable que vive en tus pupilas, y de tu voz. Háblame de un lugar que sea nuestro con el que soñar después, cuando te hayas marchado y no me quede nada.

- “Hay una isla en Grecia, cerca del mar, que fue un volcán hace ya tanto que el mundo ya nunca lo recuerda. Sus casas son todas de color blanco y las ventanas y cúpulas que las adornan están vestidas de un azul tan hermoso, tan limpio y tan perfecto, que intenta perderse a medio camino entre el cielo y un mar tranquilo y apacible cuyas olas lamen los acantilados hasta los los que caen las casas. El suelo de pizarra de sus calles resuena, solitario, bajo mis sandalias.

En esta pequeña isla enamorada del mar, el sol se pone acompañado de una dulce neblina que siempre me recuerda a aquellos días de verano en que te vi crecer mientras soñaba, distraída, desde mi ventana. Había algo en tu forma de mirar que no has perdido ahora con el paso de los años y la soledad; un brillo malicioso e inocente tras tus ojos que siempre me recordará que me pasé toda la vida deseando conocerte y acabar perdidos en un mundo en el que todo fuera piel, y sol, y viento y una caricia de corazón a corazón acompasada al ritmo de tu cuerpo golpeándome en la espalda.

Esta historia habla de Santorini, y de ti y de mí, y de aquella única vez”.

Y la mano inocente de Isabel se perdió en aquel instante por debajo de las sábanas.

- “Hay un pequeño edificio en la ciudad, con un discreto campanario que mira al mar sobre un tejado a dos aguas en el que solíamos encontrarnos. Te habías vestido de blanco y me dijiste que tendrías que marchar y que querías no decirme adiós (pues odias la expresión) pero que no creías que volviéramos a vernos. Y esperando tumbada bajo el sol y la humedad, me sorprendió el sueño.

Me desperté contigo sentado junto a mí, como lo estoy yo ahora, tu mano acariciándome los labios.

- No te muevas, dijiste.

No me moví.

Ni cuando me abriste los labios con los dedos. Ni cuando manteniéndolos entreabiertos rellenaste el espacio vacío con nuestro primer beso. No me moví de aquella boca hambrienta con que me buscaste cada milímetro de piel entre la mía, por años reseca de esperarte así, enredada entre tus labios y tus manos y tu lengua entre los dedos.

No me moví cuando tu mano me buscó violenta debajo de la falda, ni cuando el hambre te llevó a morderme el cuello. No me moví mientras tus dedos me encontraron buscando más fuerte el contorno escondido de tu mano entre mis piernas.

No me moví cuando después de desnudarme me fotografiabas con los ojos, inmóvil, guardando en tus pupilas una despedida que ninguno de los dos se atrevería a formular.

No me moví ni un sólo instante. Aquel era tu momento, más que nuestro. Aquella despedida para ti era poco más que un vano adiós con el que desvelarme, entre jadeos y sudor, un secreto que me estabas reservando.

- Siempre te quise, dijiste, desde el primer momento. Pero no me atreví, y hoy ya es tarde.

Y yo callé, tendida entre tus brazos. Te había esperado hasta que ya no fue importante, hasta casi olvidarlo. Tanto que aquella espera se volvió parte de mí y me alejaría de un nosotros más amargo. Habría de ser así, que nuestro corazón se había unido en la distancia y al estar tan cerca éramos poco más que extraños. Buscábamos los dos un mito, una quimera que habíamos forjadoentre los dos al observarnos desde las ventanas y aquel suelo liso en el que resonaban con cadencia de reloj a veces mis zapatos. No teníamos nada que darnos, o nada que ofrecer, que se pudiera prorrogar más allá de aquel tejado de aquella isla que una vez fuera un volcán, de aquel encuentro, y de aquel abrazo”.

La mano de Isabel temblaba sobre el corazón de un Javier inmóvil. Sus ojos de niño se habían perdido en algún punto más allá del techo.

- T-t-t-e…. te escribí al volver a Santorini, un mes después. Pero te habías ido… Te…. te recuerdo, Isabel…

Aquellas cuatro paredes menguaron hasta convertirse en un minúsculo ataúd de nuevo.

- Nada me retenía allí.
- ¿Y… el resto?
- Puro azar, me temo. Y ahora tengo que marcharme.
- ¿Volveremos a vernos?
- Quién sabe…

Isabel se fue como un soplo ligero y suave de viento frío que anuncia el fin del verano de la mano del invierno.

Después de recorrer con la mirada aquella habitación, cerró los ojos una última vez.

Soñaba mucho. Tanto que la mayoría de las noches, si alguien pasaba cerca de la habitación, podía oír el eco lejano de unas campanas, las gaviotas, y el mar. Y el sonido rítmico, como un corazón, de unos zapatos…


La foto, esta vez, no es mía. La he sacado buscando en google pero está alojada en www.grecotour.com.

Nunca he estado en Santorini.

Mis agradecimientos esta vez a Jo, Gib y Keemi por leer la versión alfa del mismo y hacerme darme cuenta de cuál no era el camino a seguir… y en especial a Ginger por la revisión final del texto.

Letanía


Martes, 13 marzo, 2007 a las 21:56

(para leer en voz alta)

Al llegar a la casa la cama vacía, la nevera vacía, el teléfono apagado, las plantas una semana más verdes, como intentando llenar el espacio que no ocupa nadie trepando por las paredes. Todo está callado. Callado y vacío. Y si en la habitación la cama sigue deshecha es porque nadie la hizo al marchar. Siete días de silencio escupidos sin miedo sobre las sábanas. Sábanas blancas y solitarias, de habitación dormida para su dueño cansado y también ausente y también solitario. No hay una espalda contra la que apretarse, no hay otro calor que ese otro que también es silencio y también es ausente, que prestan las mantas. Mantas calladas e inútiles, inútiles mantas que encierren el cuerpo. Cuerpo cansado de aquel que es su dueño y que busca un abrazo y se encuentra las plantas una semana más verdes y la casa vacía y el corazón callado, como un enorme reloj de pared sin paredes. Reloj dispuesto ahí en medio con su tic tac, que busca también cansado algo más allá del eco que pinta la sombra. Sombra que se proyecta desde una pared desnuda y triste también cansada en el piso cansado de tanta hora triste y tanta habitación dormida y tanto gesto ausente y tanto tic tac de un reloj.

Un reloj que no suena, como de corazón callado.

La casa está triste, el cuerpo callado y la cama vacía salvo por el dueño que al final se refugia buscando el calor que no encuentra en las mantas que están calientes pero no tanto. En las sábanas blancas que se dejó sin hacer con una semana de polvo y un siglo de ausencia. Y la noche como la semana se desenvuelve vacía y en la pared ya no quedan sombras contra la luz apagada. Y la cabeza se entierra buscando ese sueño que no tiene forma, esperando esos brazos que nunca le alcanzan y no se oye nada más que un tic tac de reloj muy al fondo, en el pecho enterrado en las mantas que no calientan y las sábanas blancas que no lo son tanto. Y en las paredes tan tristes sin sombras mañana descubrirá ese cuerpo sin sueño las plantas justo una mañana más verdes y acaso, en un instante fugaz, podrá entreverse el lamento tedioso del tic tac de ese otro reloj que es el tiempo que pasa, como una sombra, dejándolo todo un día más solo, igual de vacío, igual de apagado. con ese dueño triste que se descubre abrazando una nada sin todo. Con unas manos que se despiertan buscando el espacio que no ocupa nadie. Y al fondo el tic tac de un reloj en el pecho con su corazón cansado.

Y el tiempo que pasa, el tiempo que es un río cruel en una pared con tu nombre pintado.

Me pediste la luna…


Domingo, 4 marzo, 2007 a las 5:14

Eclipse

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